Opinión.- Guilo Guzmán
Para los psicólogos y estudiosos de la mente y el comportamiento humano resultará basta enriquecedor saber que estamos en la actualidad viviendo un poderoso y alienante proceso de lavado de cerebro desde distintas fuentes.
Son tantas y diversas las razones por las que una persona o grupo político o económico necesita la sumisión, el adoctrinamiento, la fe profunda.
Pero los intentos por hacerse con el poder del pueblo o masa humana no han sido pocas, ni en una sola locación planetaria.
Claro está, que la declaración de los derechos humanos posterior a 1948 es una camisa de fuerza que intentan evadir los acumuladores de poder, porque es muy mal vista y entonces utilizan el aparataje comunicacional para realizar sus despropósitos.
Pero antes de continuar, partamos de una definición que me parece necesaria, que es eso del lavado de cerebro “se lo puede definir como el método para hacer admitir unas informaciones a otra persona, con la técnica de la repetición hasta que el objetivo sea alcanzado.
En ocasiones se utiliza violencia verbal o física para confirmar o crear una jerarquía definida de superioridad entre el lavador y el lavado”.
Pero el método necesita de herramientas para que funcione y allí encontramos la propaganda y se articula a través de un discurso persuasivo, casi siempre creíble y emocional, pero subjetivo, es decir, una información a medida del poder de turno.
¿Pero como vencer las oscuras intenciones del dominador o domidadores? Primero aceptando el problema, luego cuestionándolo y tercero manisfestando su incorfomidad, conversando en los espacios que sean posibles. No renunciando a nuestro derechos individuales, a asumir la democracia en su total significado poder del pueblo decían los griegos.

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